15 de junio. El susurro de la cometa y la plaza en silencio

UN DÍA COMO HOY · Edición 0076 · 15 de junio de 2026 Ciudad de México · Desde el 1 de abril de 2026 UN DÍA COMO HOY Pausa & Reflexión Edición N° 0076 · Lunes 15 de junio de 2026 · Ciudad de México UN DÍA COMO HOY · PAUSA & REFLEXIÓN EDICIÓN N° 0076 · CIUDAD DE MÉXICO 15 de junio · Edición N° 0076 El susurro de la cometa y la plaza en silencio Entre la iluminación del relámpago y el silencio de los márgenes Días transcurridos: 166 del año · 199 días restantes · Día Mundial de Toma de Conciencia de Abuso y Maltrato en la Vejez Comparte esta edición Mapa de lectura · Edición 0076 ✒️ 📰 🦅 🌍 📜 🐦‍🔥 📉 🤖 🔬 🕹️ 🎨 🖋️ 🎸 🎞️ 📺 🏟️ 📜 💡 💬 📚 📌 ✒️ Editorial La geometría del olvido y las luces que no pedimos Editorial La geometría del olvido y las luces que no pedimos Nos han vendido la idea de que la historia avanza en línea recta, impulsada únicamente por los destellos de genialidad que iluminan los libros escolares. Pensamos en Benjamin Franklin...

Cuento. El coyote que ayunó hasta ver el fondo del mundo

UN DÍA COMO HOY · PAUSA & REFLEXIÓN · CUENTO EDICIÓN ESPECIAL 0001 · CIUDAD DE MÉXICO · 2026
Edición Especial Cuento

El coyote que ayunó hasta ver el fondo del mundo

La trágica historia de Nezahualcóyotl, el rey que supo que ni el jade dura para siempre.

Hay hombres que gobiernan y hombres que preguntan. Nezahualcóyotl fue de esos raros seres que hicieron ambas cosas con la misma intensidad.

EL COYOTE QUE AYUNÓ HASTA VER EL FONDO DEL MUNDO
Nota de la editora. Este cuento no es una biografía académica. Es una pieza narrativa de Pausa & Reflexión: una forma de mirar la historia como quien mira una cicatriz antigua y todavía sensible.

IEl niño que hacía preguntas

Nacimiento, biblioteca y terraza: el niño que entiende que toda herencia trae una pregunta escondida.
Nacimiento, biblioteca y terraza: el niño que entiende que toda herencia trae una pregunta escondida.

En el año Uno-Conejo, cuando los hombres contaban el tiempo como quien cuenta los latidos de un corazón que ya sabe que va a pararse, nació en Texcoco un niño al que llamaron Acolmiztli. León de agua. Los sabios movieron la cabeza: el agua no retiene al león. Algo se rompería.

Su madre, la princesa mexica Matlalcihuatzin, lo tuvo en brazos junto a una ventana abierta. Olía a tierra mojada. Una lluvia fina había caído esa madrugada, y el niño no lloró al nacer. Abrió los ojos y se quedó mirando el techo de vigas, como si ya estuviera calculando algo.

Su padre, Ixtlilxóchitl, señor de Texcoco, entró en la habitación con las manos aún manchadas de tinta de los códices. Había pasado la noche revisando mapas de tributos. Besó la frente del niño y dijo:

—Le pondremos también Nezahualcóyotl. El coyote que ayuna.

—¿Por qué dos nombres? —preguntó la partera.

—Porque un solo nombre es una jaula.

El niño creció entre pergaminos y patios de armas. A los siete años, un criado lo encontró en la biblioteca real con un libro de tonalamatl —el libro de los destinos— abierto sobre las piernas. No sabía leer del todo, pero señalaba los dibujos de los días y preguntaba:

—Este conejo, ¿dónde va cuando el día se acaba?

El criado no supo responder. El niño guardó silencio y cerró el libro. Ya había entendido algo que ningún adulto le había explicado todavía: que las preguntas pueden vivir más que las respuestas.

A los doce, su padre lo llevó a una terraza desde donde se veía todo el valle. Los volcanes al fondo. Los camellones de cultivo. Los canales brillando como venas de plata.

—Todo esto será tuyo —dijo Ixtlilxóchitl.

Nezahualcóyotl miró el horizonte. Luego miró sus propias manos.

—¿Y después?

—¿Después?

—Cuando yo también me muera.

Su padre no respondió. Esa noche, en la cena, le sirvió un plato extra: carne de venado cocida sin sal, sin chile, sin nada. El niño lo comió entero sin quejarse. Su madre lo observó desde el otro extremo de la mesa y supo que ese hijo no tendría una vida sencilla.

IIEl hombre que aprendió a huir

La guerra, la muerte del padre, la cueva y la anciana de Chalco: el hambre como destino.
La guerra, la muerte del padre, la cueva y la anciana de Chalco: el hambre como destino.

La guerra llegó cuando él tenía dieciséis años. Llegó con olor a ocote quemado y a cal viva. Tezozómoc, el viejo señor de Azcapotzalco, había decidido que el Valle ya no podía tener dos amos.

Ixtlilxóchitl salió a enfrentarlo. Nezahualcóyotl insistió en ir con él.

—Todavía no sabes matar —dijo el padre.

—Pero sé morir.

Pelearon juntos en el llano. Los tepanecas eran más. Muchos más. Nezahualcóyotl vio cómo una macana partía la cabeza de un guerrero texcocano a su derecha. Sintió la sangre caliente en su mejilla izquierda. Siguió peleando.

Vio caer a su padre. Vio cómo lo remataban en el suelo. No gritó. No corrió. Siguió peleando porque si dejaba de mover los brazos también él estaría muerto en tres latidos.

Cuando la batalla terminó —cuando los suyos huyeron y los enemigos se retiraron a saquear los cuerpos—, Nezahualcóyotl caminó entre los cadáveres hasta encontrar el de su padre. Se arrodilló. Le cerró los ojos. Le quitó del cuello un pequeño jade verde en forma de labio.

Luego huyó. Corrió hasta que los pies le sangraron. Se escondió en una cueva que olía a murciélago y a tierra vieja. Allí, en la oscuridad, apretó el jade contra su pecho y no lloró. No podía. Si empezaba a llorar, pensó, no iba a parar nunca.

Los siguientes diez años fueron una larga respiración sostenida.

Tezozómoc puso precio a su cabeza. Nezahualcóyotl durmió en árboles, en canales secos, en casas de campesinos que lo escondían debajo de los montones de maíz. Aprendió a cambiar de voz. A caminar descalzo para que no lo oyeran. A no dejar huella.

En una aldea de Chalco, una mujer vieja le dio de comer y le preguntó:

—Tú eres el príncipe, ¿verdad?

—Soy un hombre con hambre —respondió.

—Los príncipes tienen hambre distinta.

Él levantó la vista. La mujer tenía un ojo blanco, ciego, y el otro brillaba como una brasa.

—Cuéntame —dijo ella—. ¿De qué tienes hambre?

Nezahualcóyotl pensó. Podía mentir. Podía decir "de justicia" o "de venganza". En lugar de eso, soltó la verdad, y la verdad era más pequeña y más grande que eso:

—De entender para qué sirve tener hambre.

La mujer se rió. Una carcajada seca, sin dientes.

—Esa hambre no se sacia con tortillas, muchacho. Esa hambre se come a los hombres.

Él asintió. Se comió las tortillas. Salió al amanecer.

IIIEl rey que descubrió que ganar también duele

La alianza, la guerra y el regreso a Texcoco: la victoria como una forma extraña de pérdida.
La alianza, la guerra y el regreso a Texcoco: la victoria como una forma extraña de pérdida.

Tezozómoc murió en 1426. El imperio tepaneca se desgarró en una guerra entre hijos. Nezahualcóyotl, que había esperado once años, once meses y once días —los números importaban, porque el tiempo también tiene caras—, vio su momento.

Se reunió con Itzcóatl de Tenochtitlan y con Totoquihuatzin de Tlacopan. La reunión fue en una chinampa a medianoche. Olía a lirio acuático y a conversaciones que no querían ser oídas.

Itzcóatl era un hombre de pocas palabras. Bebió pulque, escupió, dijo:

—¿Y por qué deberíamos confiar en un muchacho que no tiene ejército?

Nezahualcóyotl no respondió. Sacó el jade de su padre. Lo puso sobre la mesa de piedra.

—Esto vale más que diez mil hombres.

—¿Qué es? —preguntó Totoquihuatzin.

—Una promesa que aún no se ha cumplido.

Los dos señores se miraron. Algo en la forma en que el joven sostenía la piedra —como quien sostiene una decisión imposible de revertir— los convenció.

Habría guerra.

La guerra duró cuatro años. Batallas en el agua, batallas en los cerros, batallas en las noches sin luna. Nezahualcóyotl peleó en todas. Los cronistas dirían después que mató con su propia mano a doce reyes y que nunca fue herido. Mentira. Un día recibió un flechazo en el hombro. Otro día, una pedrada en la frente. Pero siguió peleando.

Lo que los cronistas no contaron fue esto: una noche, después de una victoria, Nezahualcóyotl se sentó solo en una roca y miró el campo lleno de muertos. Hombres que esa mañana habían desayunado con sus hijos. Ahora sus hijos no tendrían padre. Como él no había tenido padre.

Algo se movió en su pecho. No era dolor. Era otra cosa. Era la primera vez que entendía que la victoria también era una forma de derrota.

En 1431 entró en Texcoco. El trono lo esperaba. La gente se arrodilló. Él subió las escaleras del palacio lentamente, como si cada escalón pesara más que el anterior.

Se sentó en el sitial de obsidiana y pidió silencio.

—No reconstruiré Texcoco para que me recuerden —dijo—. La reconstruiré para que ustedes tengan algo que recordar cuando yo me haya ido.

Nadie entendió del todo lo que quiso decir. Pero lo aplaudieron.

IVEl jardinero de las preguntas

Tetzcotzingo, el agua, las estrellas y la flor: el rey frente a lo que no puede gobernar.
Tetzcotzingo, el agua, las estrellas y la flor: el rey frente a lo que no puede gobernar.

Gobernó durante cuarenta años.

Lo primero fue poner leyes. Ochenta leyes escritas en piel de venado. Una de ellas decía: "El que tale un ahuehuete sin necesidad será multado con el peso de su cuerpo en mantas de algodón". Otra: "El juez que acepte soborno perderá la mano derecha y será enterrado vivo con su familia". Severo. Pero justo.

Creó consejos. Hombres sabios que se reunían en salas sin ventanas para decidir sobre la música, la guerra, el agua, la poesía. El Consejo de la Música, el Aroma y la Palabra no era un nombre bonito. Era una institución real. En esa sala, un viejo de dientes rotos podía corregir a un príncipe si su canto estaba fuera de tono.

Construyó acueductos. Trajo agua limpia desde los manantiales hasta el centro de Texcoco. La gente abrió las llaves por primera vez y lloró. Agua que no olía a lodo. Agua que no daba fiebre.

Pero lo que más le importaba no se veía desde afuera.

En las noches, después de que todos se fueran a dormir, Nezahualcóyotl se quedaba en la terraza del palacio mirando las estrellas. Una noche, su hijo Nezahualpilli —que aún era un niño— se despertó con sed y lo encontró allí.

—Padre, ¿qué miras?

—Miro la casa de los dioses.

—¿Y ves a los dioses?

—No. Veo que la casa está vacía.

El niño no entendió. Pero guardó esas palabras en algún rincón de la memoria, donde sobrevivieron hasta que él mismo fue viejo y pudo entenderlas.

En la montaña de Tetzcotzingo, el rey construyó un jardín que no se parecía a nada.

Labró terrazas en la roca viva. Cavó canales con sus propias manos, sin ayuda de arquitectos. Plantó ahuehuetes que tardarían siglos en crecer. Construyó albercas circulares donde el agua caía desde lo alto y hacía un ruido que sonaba como una conversación.

Allí iba a estar solo.

Se sentaba en una piedra pulida por el agua y escribía. No escribía leyes ni cuentas de tributos. Escribía preguntas.

"¿Acaso de veras se vive en la tierra?"

Escribía en papel amate, con tinta negra de carbón y tinta roja de cochinilla. Las preguntas salían torcidas, porque su mano ya temblaba por la edad.

No para siempre se vive en el suelo:
tan sólo un rato, apenas un eco.
El mejor jade encuentra su grieta,
el oro más puro se rinde al suelo.

Un día, un jardinero lo encontró llorando sentado junto a una flor de yolloxóchitl. Era una flor pequeña, roja en el centro, blanca en los bordes. El jardinero nunca había visto llorar a su rey.

—Señor, ¿qué te duele?

—La flor —dijo Nezahualcóyotl.

—¿La flor?

—Mañana estará marchita. Y yo también. Y tú también. Y nadie va a recordar cómo olía.

El jardinero no supo qué decir. Se quedó en silencio. Ese silencio duró tanto que los dos hombres terminaron sentados en el suelo, mirando la flor, compartiendo el peso de algo que no tenía nombre.

Tuvo un hijo a quien llamó Nezahualpilli. El niño que ayuna. Le enseñó poesía, astronomía, el arte de gobernar. Pero sobre todo le enseñó una cosa extraña: que el poder no consiste en tener razón, sino en saber cuándo callarse.

Un día, el hijo ya adulto le preguntó:

—Padre, ¿por qué no construiste un templo para tu dios invisible?

—Porque los templos se caen.

—¿Y los poemas no?

Nezahualcóyotl sonrió. Tenía los dientes amarillos, gastados por los años.

—Los poemas también se caen. Pero se pueden volver a cantar.

VEl día en que dejó de ayunar

El anciano, el jade y el agua: el último gesto del coyote que ayunó.
El anciano, el jade y el agua: el último gesto del coyote que ayunó.

El 4 de junio de 1472, Nezahualcóyotl pidió que lo llevaran a Tetzcotzingo.

Ya no caminaba. Sus piernas eran dos ramas secas. Sus sirvientes lo subieron en una litera de madera. En el jardín, junto a la alberca más grande, pidió que lo bajaran. Lo sentaron en la piedra donde había escrito tantas preguntas.

—Déjenme solo un rato.

Se quedó mirando el agua. El sol de la tarde le calentaba la cara. Oyó el canto de un cenzontle. Pájaro de cuatrocientas voces. Recordó un verso que había escrito cuarenta años atrás:

"Amo el canto del cenzontle. / Pero más amo a mi hermano: el hombre."

Cerró los ojos. Abrió la mano izquierda. De ella cayó un pequeño jade en forma de labio, el mismo que había quitado del cuello de su padre hacía tantas décadas. El jade rodó por la piedra y cayó al agua. Hizo un círculo. Luego otro. Luego nada.

Cuando sus sirvientes volvieron a buscarlo, el rey ya no respiraba. Pero su cara tenía una expresión que ninguno de ellos supo interpretar. No era paz. No era dolor. Era otra cosa.

Era la cara de alguien que, por fin, había dejado de ayunar.

No saben dónde lo enterraron. Quizá en Tetzcotzingo. Quizá en algún lugar del cerro que ahora lleva su nombre. Quizá no lo enterraron en ningún sitio, porque él mismo pidió que sus huesos se dejaran al sol, para que los pájaros se llevaran pedazos de su cuerpo a otros valles.

Ciento cincuenta años después, Hernán Cortés quemó Texcoco. Los frailes quemaron los códices. El mundo de Nezahualcóyotl se hizo ceniza.

Pero los poemas sobrevivieron.

Un fraile los copió. Un sacerdote los tradujo mal. Un jesuita los estudió entre sospechas. Un poeta del siglo veinte los reescribió para que sonaran de nuevo. Llegaron hasta nosotros rotos, incompletos, traicionados por tantas manos. Como el jade que sabía que algún día se rompería.

Hoy su rostro está en los billetes de cien pesos. Un municipio lleva su nombre. Una estatua en bronce lo muestra con el dedo levantado, como si estuviera dando una orden.

Pero ninguna de esas cosas es él.

Él está en las preguntas.

VITres cantos para sostener el misterio

Papel amate, tinta roja y negra, flores y cenzontle: la palabra como forma de sobrevivir.
Papel amate, tinta roja y negra, flores y cenzontle: la palabra como forma de sobrevivir.

Traducciones de Miguel León-Portilla y Ángel María Garibay.

I. Sólo un poco aquí

¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.

II. Canto de Primavera (Xopan Cuicatl)

En la casa de las pinturas
comienza a cantar,
ensaya el canto,
derrama flores,
alegra el canto.

Resuena el canto,
los cascabeles se hacen oír,
a ellos responden
nuestras sonajas floridas.

Sobre las flores canta
el hermoso faisán,
su canto despliega
en el interior de las aguas.

Tú eres el cantor.
En el interior de la casa de la primavera,
alegras a las gentes.

III. Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto

¿Acaso alguien puede ver el rostro de Aquel por quien se vive?
Nadie puede ver su rostro.
Él sólo, el que inventó las cosas...

¿Acaso alguien lo puede nombrar?
Nadie puede nombrar su nombre.
Sólo Él sabe su misterio.

VIILo que sobrevive cuando todo arde

El coyote final: no aúlla, no ordena, no reina. Mira.
El coyote final: no aúlla, no ordena, no reina. Mira.

Nezahualcóyotl gobernó durante cuarenta años. Construyó acueductos, escribió leyes, derrotó a sus enemigos. Tuvo poder de verdad, no el que se anuncia en los discursos, sino el que hace temblar a los ejércitos.

Y, sin embargo, cuando estuvo solo —en la terraza de palacio, en el jardín tallado en la roca, en las noches sin luna—, lo que encontró fue esto: que nada de eso llenaba el silencio.

El poder no responde las preguntas. Solo las aplaza.

Por eso escribió poemas. Porque un poema no es una respuesta. Es una forma de sostener la pregunta en el aire el mayor tiempo posible.

Sus versos no llegaron hasta nosotros completos. Llegaron rotos, traducidos por frailes que no terminaban de entender, copiados por manos que ya olvidaban el náhuatl. Llegaron como llega el jade después de una caída: astillado, pero aún verde.

Y, aun así —aun así— alcanzan.

¿Qué cosa construida por reyes dura más que una pregunta bien hecha?

Tú cierra los ojos. Piensa en algo que hayas perdido. Ahora piensa en algo que aún no tenga nombre. Ahora dime: ¿de verdad se vive en la tierra, o sólo se aprende a despedirse?

Con flores escribes, dador de la vida; con cantos das sombra, a los que han de vivir en la tierra.
— Nezahualcóyotl, Tetzcotzingo, ca. 1460

Un consejo del narrador
Si quieres acercarte de verdad a Nezahualcóyotl, no empieces por los libros académicos. Empieza por el silencio.

Busca un jardín —aunque sea pequeño, aunque sea una maceta en un balcón—. Siéntate. No pienses en nada durante diez minutos. Luego, sin prisa, lee en voz alta uno de sus poemas.

El poema sabrá qué hacer con tu voz.

Sobre la voz de este relato
Las palabras que has leído no son una biografía académica. Son un intento —literario, sensible, quizá imprudente— de devolverle a Nezahualcóyotl algo que los libros de texto le quitaron: su fragilidad. No solo fue sabio. También tuvo miedo. También estuvo solo. También, al final, soltó el jade en el agua porque ya no había nada más que aferrar.

Ese Nezahualcóyotl —el que ayunó para ver claro, el que escribió para no enloquecer, el que murió en una piedra mirando una alberca— no está en las estatuas.

Está en la pregunta que te dejamos al principio.

¿Tú qué opinas? ¿La sabiduría lo sostuvo, o la tristeza lo volvió sabio?

BIBBiblioteca

Rigor sin pose

Las fuentes no son el final de la conversación. Son el comienzo. Si esta historia despertó tu curiosidad, aquí están las huellas para seguirla por tu cuenta.

Fuentes primarias (lo que escribieron sus nietos, sus enemigos y los frailes que llegaron después)

• Códice Ixtlilxóchitl — Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, descendiente directo de Nezahualcóyotl, escribió a principios del siglo XVII una historia de su linaje. No es objetiva. Es mejor así.

• Códice Chimalpopoca — Anales en náhuatl que narran la caída de Azcapotzalco y el ascenso de la Triple Alianza. Aquí se cuentan las batallas, no los poemas.

• Historia chichimeca — También de Alva Ixtlilxóchitl. Contiene la famosa lista de las ochenta leyes. Algunas suenan demasiado perfectas para ser verdad. Probablemente lo son.

• Romances de los señores de la Nueva España — Manuscrito en náhuatl recogido por frailes en el siglo XVI. Allí sobrevivieron muchos de los poemas atribuidos a Nezahualcóyotl. Sin este papel, hoy no tendríamos nada.

Fuentes secundarias (los que juntaron los pedazos)

• León-Portilla, Miguel. La filosofía náhuatl. Universidad Nacional Autónoma de México, 1956 (ediciones posteriores: 1974, 1993, 2006).

• León-Portilla, Miguel. Cantares mexicanos. UNAM, 2011.

• Garibay, Ángel María. Poesía náhuatl. UNAM, 1964-1968 (tres volúmenes).

• Lee, Jongsoo. The Allure of Nezahualcoyotl. University of New Mexico Press, 2008.

FacebookInstagramTikTokYouTubeXLinkedInSubstack
Un día como hoy · Pausa & Reflexión · Cuento Edición Especial 0001

Ana Guzmán

Editora en Jefe
Pausa & Reflexión

Las historias sobreviven porque alguien decide volver a contarlas. Entre las cenizas de los archivos, los libros y la memoria colectiva, seguimos haciendo una pausa para recordar que el pasado nunca termina de irse del todo.

Comentarios

Entradas populares

EL DRAMÓN DETRÁS DE GÉMINIS. ENTRE EL CAOS Y EL MITO: EL ARTE DE SER DO

3 de Junio. El Día en Que la Voz Decidió No Callarse Más

26 de Mayo. Lo Que el Mar No Devuelve